El Monumento al Campesino, recorrido por la  memoria viva de Lanzarote, creado por César Manrique, se alza en las inmediaciones de San Bartolomé, como un recordatorio eterno del trabajo que realizaron tantos hombres y mujeres en los campos de Lanzarote. Se erige sobre el epicentro de Lanzarote, sobre su corazón, recordando a los pobladores de la isla quienes fueron, de dónde vienen, pero no sólo eso.

El Monumento al Campesino es memoria viva de Lanzarote. Historia del pueblo. Recuerdos que no se pueden, ni se deben perder. En su interior las estancias muestran parte de esa memoria: cestas, esculturas, cerámica de barro, telares, molinos de gofio, destiladeras de agua, instrumentos de cocinas antiguas dónde se amasaba gofio, se hacía queso y se elaboraban los mojos, ollas y cuencos de barro, cucharones hechos con lapas… El monumento es el pasado que regresa para deleite de visitantes, ya sean turistas que quieren conocer el pasado insular o residentes que desean recordar cómo trabajaron los suyos en una época en que, prácticamente, no había nada.

 

Monumento al Campesino artesanía telares

Homenaje a los pobladores de Canarias

César Manrique hizo al erigir el Monumento al Campesino un homenaje muy particular a los antiguos pobladores de Canarias que levantaron la isla a partir de la agricultura, del esfuerzo de sus manos, y lo hicieron sobre lava volcánica. Se trata de un conjunto escultórico y arquitectónico formado por la escultura de la Fecundidad y la Casa Museo del Campesino. Es esa casa, formada por edificaciones típicas de la época, la que el recién llegado va a recorrer. La vivienda, de corte tradicional y color blanco para los muros y verde para la madera, está formada por aperos de labranza tradicionales canarios y todo tipo de instrumentos de trabajo con los que el hombre del campo lograba salir adelante. Supone un grito al cielo, una exigencia de reconocimiento al coraje, al valor y a la dureza de todos los valientes agricultores de la isla.

Juan Brito, escultor referente de la artesanía canaria

Monumento al campesino recorrido por la memoria viva de Lanzarote artesanía Juan Brito

 

Entre telares, bordados, y molinos, al visitante se le va la vista inevitablemente hacia el barro. En una estancia de la casa Juan Brito, hijo del insigne escultor lanzaroteño, trabaja a diario con el barro de la isla de Lanzarote. Un material muy específico que sólo puede trabajarse a mano. “Cuando los europeos, españoles y normandos,  se establecieron en la isla hacia 1400 no tardaron en darse cuenta que el torno no les valía para trabajar en la isla porque en Lanzarote no hay arcilla, tenemos barro y el barro no se puede trabajar con torno, haya que modelarlo a mano”, explica. “Entonces, los recién llegados se ven obligados a recurrir a los alfareros aborígenes, es decir a aquellos que llevaban haciéndolo toda la vida, tal y como lo habían hecho antes sus antepasados. Se ven obligados a aprender de ellos como trabajarlo”. “Lo único que cambiaron fueron las formas. Si antes se hacían vasijas y cuencos, cuando llegan los españoles demandan platos, lebrillos y ollas. Cambian las formas pero se sigue trabajando de la manera tradicional”, afirma, explicando que quienes tenían recursos lo traían de fuera de la isla, pero el resto recurría a los alfareros tradicionales. “Los asentados en ámbitos rurales recurrían al trueque: un lebrillo o una olla por cinco kilos de garbanzos o dos de cebollas, y así se iba moviendo la economía local”, cuenta.

Huesos, conchas y piedras, útiles del alfarero

Mientras habla el visitante ve como una enorme bola de barro va siendo modelada por las grandes manos de Juan Brito, primero con los dedos, de manera rítmica e hipnótica, una y otra vez, una vuelta, otra y otra más, después con diferentes utensilios que antes usaron  sus antepasados: conchas, piedras, huesos de cabra… Los turistas sacan fotos, con curiosidad y admiración, al proceso de conversión del barro en utensilio. Ánforas, platos, cuencos, ollas… todo tipo de formas van saliendo de sus manos. Una vez que la pieza ha adquirido la forma deseada, el artesano la decora con diferentes improntas para lo que utiliza las conchas, los huesos y diferentes útiles tradicionales. El visitante ha logrado revivir un pedacito de historia pasada y se imagina como aquellos españoles recién llegados a la isla adoptaban las costumbres de los majos y aprendían a trabajar aquel rebelde barro insular. En una estancia contempla las figuras alegóricas del gran Juan Brito, hombres y mujeres trabajando en el campo. Agricultores y campesinos sin miedo al esfuerzo, sin miedo al sol demoledor de Lanzarote y a sus tierras duras pero siempre agradecidas. El barro, siempre útil y aprovechado, se ha convertido en arte en apenas unos metros de distancia.

Monumento al campesino recorrido por la memoria viva de Lanzarote

Trabajo, sudor y esfuerzo de los canarios

Cada estancia da muestra del esfuerzo de aquellos hombres canarios. Las tejedoras, los cesteros, los herreros, los maestros canteros, los curtidores de cuero, los arquitectos que edificaron las ermitas y las iglesias de la isla.

El visitante pierde su vista y se adentra en el universo de las moliendas, del gofio, alimento que sostuvo a los lanzaroteños durante las peores hambrunas, reconoce el olor a mojo rojo y verde, el del queso de cabra fresco, el aroma de los vinos y el olor de los lagares. Se pierde en la memoria, al tiempo que reconoce sus orígenes, las piedras angulares de sus ancestros. Cuando se marchan, con las piezas adquiridas en la tienda de recuerdos bajo el brazo, llevan en su memoria un pedacito de la historia de la isla. La de verdad, la de antes de que existiera el turismo, la de los tiempos en que todo se levantaba con el esfuerzo de los hombres del campo. De los héroes de la tierra.

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