14May
Por: Mar Arias De: 14/05/2017 En: #CACTLanzarote, Lanzarote, MIAC Castillo San José Comentarios: 0

Una mañana de piratas en el Castillo de San José

Desde la costa, se recorta contra la silueta de la ciudad, elevándose sobre ella,  protegiéndola. Ya en su día, allá por el siglo XVIII, el Castillo de San José fue edificado con un claro carácter defensivo. Era la sensación que le despertaba a la pequeña al pasear por sus frías salas de piedra. Había leído, era una niña muy aplicada, todo sobre aquel lugar del que le hablaba desde muy niña su bisabuela. Decenas, cientos de sus cuentos, tenían como protagonista aquel lugar lleno de magia y misterio. 

En su imaginación, la historia se teñía de cuento de piratas y princesas, de aventuras sin fin entre espadachines y malandrines, de bellas damas y aguerridos lanzaroteños… La culpa de eso la tenía también la bisabuela que siempre andaba contándole historias, muchas, probablemente, con pocas posibilidades de haber sido reales.

Ahora, ya con diez años, lo visitaba por primera vez con su colegio. Los de su clase se distraían mirando por las ventanas, haciendo bromas y pidiendo bolsas de papas a los camareros del restaurante que soportaban con estoicismo y profesionalidad la visita infantil. Ella no, ella quería aprovechar aquella visita escolar al máximo. 

La Fortaleza del Hambre 

Sabía que el Castillo fue construido entre 1776 y 1779. El fuerte se levantó en su día para proporcionar un baluarte defensivo a la isla contra los ataques piratas. No sólo eso, fue además un proyecto de trabajo público para ofrecer una ocupación a una población muy necesitada durante un tiempo de hambruna y pobreza en la isla, por ello se le denominó coloquialmente la “Fortaleza del Hambre”. 

Ella sabía también, porque se lo había contado papá y él lo sabía todo, que la pobreza de aquellos tiempos estuvo causada por largos periodos de sequía, un mal endémico de su bella isla, pero también por la erupción del Timanfaya apenas cuarenta años antes. La lava devastó la mayoría de las áreas agrícolas productivas en la isla. La gente no tenía nada que comer. Por este motivo, Carlos III de España, preocupado para la miseria de los isleños, ordenó la construcción de la fortaleza y ocupó a sus gentes, permitiéndoles ganar un dinero que les era imprescindible para sobrevivir. 

 Defensa de la ciudad de Arrecife  de Lanzarote

El castillo era además, gracias a su privilegiada ubicación en lo alto de un acantilado, el principal punto defensivo de Arrecife y de su puerto. Y es que Lanzarote fue el frecuente objetivo de ataques piratas y de escuadras de otras naciones que querían hacerse con las riquezas de la isla. La capital, plagada de arrecifes, de ahí su nombre, era uno de los puertos naturales más importantes de Canarias y de allí salían los excedentes agrícolas y los ya famosos vinos conejeros, así que los piratas y corsarios lo tenían en su punto de mira. La niña había leído que las autoridades de la época salvaguardaron sus riquezas con dos baterías de artillería: el Castillo de San Gabriel y el Puente de las bolas. Al norte del puerto, se erigía ese castillo. El suyo, el de sus sueños. 

Imaginaba a los valientes lanzaroteños protegiendo a su población de los saqueos infames de los corsarios. Y casi podía ver a los piratas cayendo, uno tras otro, a los pies de la fortaleza. Sabía, porque se lo habían explicado en clase, que el Castillo en la actualidad era un museo de arte muy importante y que de sus paredes colgaban cuadros de pintores reconocidos internacionalmente. Lo sabía porque era lista, pero esa parte no le interesaba. Ella tocaba las paredes, las olía y creía descubrir aromas de otro siglo. Desde su atalaya llegó a ver los barcos piratas con sus banderas negras ondeantes e imaginó que, ya entonces, los caballos pétreos que ahora salvaguardaban el edificio, atacaban a los bandidos son sus herraduras imbatibles. 

Casi pierde la guagua de vuelta. “Corre que ya nos vamos”, le dijo la profesora, “están todos tus compañeros ya subidos a la guagua… ¿pero en qué estás pensando?”. “En mi bisabuela, y en lo que le hubiera gustado venir conmigo a ver de cerca todas estas batallas”, contestó muy bajito, tanto que la profesora no pareció escucharla. 

Cuando el coche se alejaba del Castillo, creyó ver en lo más alto del edificio, a los valientes hombres que llevaban siglos defendiendo la isla desde la fortaleza. Le decían adiós con la mano. Ella les devolvió el saludo.

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