Mirador Del Río Lanzarote
Por: Alberto Santana De: 27/07/2017 En: Editorial

El Mirador del Río,  una mirada hacia el archipiélago  Chinijo, desde Lanzarote

Estamos en el norte de Lanzarote, quizá la zona más elevada, ventosa y húmeda de la isla. Nuestro coche avanza en línea recta por la carretera, desde el pueblo de Haría hacia el Mirador del Río. Miro a la derecha y el desnivel de las montañas me asusta e hipnotiza a partes iguales. Al final de la calzada, sobre un llano árido, decenas de coches aparcados esperan a sus dueños.

Cerramos el nuestro y nos acercamos a la entrada: un gran semicírculo formado por muros de piedra volcánica nos protege de la fuerza del viento, igual que los pequeños zocos acogen a los bañistas de nuestras playas, exactamente igual que los muritos de piedra cuidan nuestras parras en La Geria. A César Manrique le gustaba imitar las formas arquitectónicas de nuestro paisaje y a mí me gusta jugar a adivinar sus intenciones.

EL TÚNEL  DE LA ENTRADA MIRADOR

 

Mirador Del Río Túnel

 

Tras pasar la taquilla camuflada por las rocas, accedemos a un túnel sinuoso, de paredes blanquísimas, suaves, irregulares y curvilíneas como las de una cueva. Destacan unas vasijas canarias de barro insertadas en el interior de la pared, como si se tratara de una estantería en el interior de un volcán. Cuando entro a cualquier edificio, sé que estoy en un edificio. Cuando me adentro en un bosque, sé que estoy en un bosque. Pero cuando entro a una obra de César Manrique, ¿dónde estoy?

LA CAFETERÍA MIRADOR DEL RÍO

Una ráfaga de luz nos da la bienvenida al salón principal: parqué de madera, paredes blancas, dos cúpulas coronadas por unas originales esculturas metálicas y, sobre todo, los grandes ventanales que protagonizan la estancia.

Mirador DEL RIO INTERIOR LANZAROTE

LA ATALAYA INFERIOR

Salgo al exterior y la ventisca me sobrecoge, me eriza la piel, me recuerda que estoy en un lugar salvaje a 400 metros de altitud. Me agarro a la barandilla y me asomo a contemplar las vistas. Ante mí, ante todos, se encuentra La Graciosa, la octava isla. Desde este ángulo puedo apreciar toda su inmensidad. Puedo mirarla al completo, de izquierda a derecha como una panorámica. Por momentos me da la impresión de que estoy allí, en el puerto, en el pueblo marinero de Caleta de Sebo, tomando el sol de sus playas vírgenes o pedaleando en bicicleta por sus caminitos de arena blanca y características tabaibas. Sin embargo, el hechizo se rompe cuando veo dos barcos cruzando El Río, ese trozo de mar Atlántico que une La Graciosa con el descomunal Risco de Famara.

“Jo, qué bonito”, exclama una mujer que viene del interior. “Qué bonito, eh”, añade un nuevo visitante sacando su cámara. Las parejas aprovechan para fotografiarse en este lugar. Las familias también quieren inmortalizar el momento, aunque sus hijos solo parecen interesarse por tocar y mirar cada rincón. Otros vienen y van hacia los baños escondidos bajo las rocas.

Paseo por el balcón de piedra y me fijo en las cristaleras. Parecen los ojos grandotes y abiertos de la montaña. Al otro lado del cristal, reparo en las personas que observan enmudecidas la inmensidad del acantilado.

Entonces me pregunto dónde termina el Mirador del Río y dónde comienza el acantilado. No encuentro el límite. Los líquenes que cubren la pared de rocas tienen la misma textura y color que el resto de la montaña. El Mirador se parece al acantilado y el acantilado se parece demasiado al Mirador. ¿Dónde está la línea que divide lo artificial de lo natural? Manrique quería desdibujarla, quería regalarnos la experiencia de la naturaleza junto a la comodidad del progreso y los espacios artificiales. Su bella obra se erige sobre ese ambiguo lugar.

Como los niños que corretean curiosos, yo también cedo a su juego. Me encaramo al pasamanos y miro las salinas de Guza, las más antiguas de Canarias. Dejo que la niebla suba y me bañe con su humedad fantasmagórica.

Mirador Del Río Lanzarote Alberto Santana

EL SALÓN-CHIMENEA

De vuelta en el salón, me siento a la mesa de la cafetería y pido una degustación de quesos caseros y mermeladas autóctonas para untar. Es la hora del té. El sol comienza a caer, pero el blancor de las paredes funciona como un espejo que multiplica sus rayos por toda la sala, aderezados con el verdor de algunos helechos colgantes. Los suaves cuchicheos de los visitantes se disipan en el eco del Mirador.

Mi pedido llega rápido. Agarro una cuña de queso y la baño primero en una mermelada de higos, luego en otra de tuno verde y, por último, en la de moras. El camarero se acerca a comprobar que no me falta nada. Agradezco su generosidad, tomo un sorbo de café con hielo y vuelvo a mirar a La Graciosa, esta vez desde la tranquilidad de mi mesa.

En la sala contigua hay una chimenea de leña. Frente a ella, unos cómodos sofás donde caen derrotados los turistas. En los rostros de una familia numerosa puedo percibir el cansancio acumulado durante la jornada. Parece que lleven todo el día visitando la isla y ahora por fin han llegado a la meta, donde aprovechan para descansar y disfrutar de la tranquilidad. Como la pareja de alemanes jóvenes que se abraza en silencio. O como la mujer que contempla el mar ensimismada, segundos antes de regresar a las páginas de su libro, en el que parece llevar un par de horas sumergida.

El único hombre que está de pie se dedica a dar vueltas alrededor de la escultura colgante. Quiere apreciar todos los ángulos para capturar la belleza con su objetivo.

Mirador Del Río Lanzarote chimenea

LA ESCALERA

El sabor ligeramente agrio del queso se mezcla en mi paladar con el dulzor de las mermeladas. Tras escribir unas notas en mi cuaderno, decido poner fin a mi relajante descanso y subo las escaleras. Una vez más, siento que me muevo por el interior de una cueva laberíntica de paredes blancas y unos minimalistas escalones de madera. Me imagino a César Manrique pidiendo un acabado curvo para los bordes, y al arquitecto Eduardo Cáceres y el artista Jesús Soto diciéndole que sí a esa extraña pero certera intuición que siempre acompañó al artista canario.

 

MIRADOR DEL RIO LANZATOTE ALBERTO SANTANA

 

LA TIENDA

Accedo al piso intermedio: una tienda con postales, libros sobre Lanzarote y otros objetos de recuerdo, donde por sorpresa me encuentro a la venta los mismos envases de mermelada que acabo de degustar en el piso de abajo. Me siento en unos sillones con ventanita redonda hacia el parking y me relajo unos segundos antes de continuar mi recorrido.

 

MIRADOR Del Río TIENDA LANZAROTE

LA ATALAYA SUPERIOR

Al llegar arriba, salgo a una azotea donde vuelve a soplar la brisa. Desciendo unos escalonesde piedra volcánica y paseo por la parte superior de la atalaya. Por última vez antes de partir, disfruto de las vistas y el aire fresco, disfruto de este regalo lanzaroteño, de este espacio recóndito de paredes camufladas, de esta obra de arte que me hace pensar que la belleza del mundo ha de encontrarse en un rincón armonioso donde lo salvaje y lo instintivo conviven en perfecta sincronía con lo racional, lo humano y lo moderno.