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jesus soto cueva de los verdes
Por: M.J. Tabar De: 04/05/2017 En: #CACTLanzarote, Editorial Comentarios: 0

Jesús Soto, el maestro de la luz invisible

Estar en Lanzarote y no saber quién fue Jesús Soto es como escuchar jazz en Nueva Orleans sin reconocer en cada nota a Louis Armstrong.  

  Jesús Soto (Fuerteventura, 1928 – Lanzarote, 2003) llegó a la isla de los volcanes siendo un veinteañero. Creó su propia empresa de iluminación y trabajó por su cuenta hasta que fue contratado por el Cabildo. Uno de sus primeros encargos fue iluminar la silueta y el exterior del Castillo de San Gabriel, en Arrecife.

“Era un hombre autodidacta, leía muchísimo… libros de historia, libros sobre el cosmos, ciencia ficción, fantasía, tebeos, de todo”, recuerda su hija Emma, que junto a sus hermanas ejerció de pequeña ayudante para su padre: “Catalogábamos papeles, hacíamos listados a máquina, recortábamos…”. 

En 1965, Soto se convierte en el director técnico y artístico de la Cueva de los Verdes y Jameos del Agua, y le encargan un sencillo alumbrado para que arqueólogos y espeleólogos pudieran realizar su trabajo sin riesgos en el interior del tubo volcánico. En vez de colocar las bombillas encargadas, toma la iniciativa de hacer algo diferente e infinitamente mejor. Algo que marcaría un antes y un después en los planteamientos estéticos y en la intervención de los espacios naturales de la isla. 

“Escuchar el silencio de la piedra”

¿Qué hizo Jesús Soto? Descubrir colores, huecos y galerías. “Escuchar el silencio de la piedra”. Aprovechar la luz para subrayar la naturaleza y generar una atmósfera única. Diseñó una instalación de luz y sonido, respetando los recovecos y potenciando sus formas. Camufló los proyectores e integró su trabajo en la lava. Cuando llegó el día de la visita oficial, las bombillas encargadas estaban e hicieron su función: iluminaron la oscuridad para que la comitiva pudiese recorrer la cueva. Al poco se apagaron y empezó a sonar La Primavera de Vivaldi, la canción preferida de Soto (escuchar). El espectáculo dejó impresionados a los asistentes. 

Imaginación, creatividad, conocimiento técnico y respeto absoluto por la naturaleza de esta isla inaudita. Ese fue el sello de su trabajo. Fue el primer técnico y el primer artista que desarrolló un “sentido estético” en el patrimonio arquitectónico y natural de Lanzarote.

Era un hombre sencillo que hacía un trabajo exquisito y silencioso. Huía de los titulares, no hablaba con la prensa. “Cuando se metía en su burbuja, no existía nada más. Trabajaba en cuerpo y alma, día y noche”, recuerda Emma. “Él siempre decía que se había enamorado de la fuerza del volcán. Pensaba que había que usar y disfrutar la naturaleza, y al mismo tiempo darle una protección especial”. 

Jesús Soto y César Manrique  claves en la obra natural de Lanzarote

En Jameos del Agua ordenó deshacer la obra que había comenzado a ejecutarse antes de su incorporación porque la vio inarmónica y poco segura. Él y su equipo se encargaron de adecuar el Jameo Chico: la entrada, el descenso hasta la laguna de los cangrejos ciegos y el sendero que la bordea. 

La ruta de los volcanes fue otro de sus retos. Empapeló su estudio con planos y vistas aéreas del Parque Nacional de Timanfaya. Los estudió. Observó in situ, mil y una veces, los mares de lava y las cenizas. Caminó por las veredas, se perdió y se accidentó (pasaron dos días hasta que sus compañeros lo encontraron con una fea herida en el brazo). Finalmente, decidió el recorrido que menor impacto causaba a la naturaleza y mayor impresión al visitante. La sostenibilidad era un factor irrenunciable. 

Trabajó también en El Golfo, el Mirador del Río, el Monumento al Campesino y el Jardín de Cactus. Fue él, Soto, quien pidió a los responsables políticos que convencieran a César para que regresara de Nueva York y se instalase en su isla natal. Creía que era un paso necesario para que Lanzarote fuera conocida en el circuito del arte y el turismo internacional. 

Además de la huella que dejó en los Centros de Arte, Cultura y Turismo de Lanzarote (CACT), Soto diseñó la plaza Simón Bolivar (Arrecife) y ese oasis llamado Lagomar (Nazaret).  El altar de la iglesia de San Ginés, los jardines del Hotel Beatriz, la plaza de la iglesia de la Magdalena (Masdache), una discoteca en Playa Honda, varias casas en Arrecife y Puerto del Carmen, además de un palacio en Arabia Saudí y una vaguada en Madrid son algunas de las obras de su poco divulgado currículo. 

En breve, los Jameos del Agua albergará una sala con el trabajo de  Jesús Soto para enseñar al mundo su esencia  y su trabajo, bien cerca de las entrañas de ese fuego que inspiró su obra. 

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