14Feb
Por: M,J. Tabar De: 14/02/2017 En: La Casa Amarilla Comentarios: 0

El muelle de Arrecife sitiado por montañas de cebollas y camellos sobrecargados. El Charco de San Ginés, diáfano y con casas coloradas. Un campo lanzaroteño que parece pintado por Millet…

La exposición Lanzarote y la tarjeta postal redescubre el imaginario insular con una colección que ilustra el desarrollo de la isla, desde los años 50 del pasado siglo.

La transformación paisajística, urbanística y turística de Lanzarote sorprende y empuja a la reflexión. ¿Quiénes fuimos y quiénes somos? ¿Qué significa Lanzarote?

La inauguración de los primeros hoteles en Canarias trajo consigo la producción de los primeros souvenirs. Las postales eran un testimonio gráfico del “yo he estado aquí y quiero compartirlo contigo”, un híbrido entre la crónica viajera y la declaración de afecto.

La Casa Amarilla exhibirá hasta verano Lanzarote y la tarjeta postal, una colección de imágenes editadas por fotógrafos locales como Rafael Silva o Gabriel Fernández, producidas por editoriales españolas (Lujo, Arribas) y por estudios como el de John Hinde, especializado en escenas circenses, románticas y a todo color.

Una sala de videocreación funde localizaciones antiguas con imágenes de los mismos lugares en la actualidad. Se exhiben matasellos, la maleta de cuero donde el cartero llevaba la correspondencia y el librillo de certificados que usaban en la cartería del pequeño pueblo de Máguez (Haría).

De las tomas en blanco y negro al technicolor de artificiosa producción. Del costumbrismo al destape… y a la libre interpretación (libérrima, a veces surreal) del folclore insular. Mención especial a un maravilloso disparate gráfico: dos muchachas en minifalda ‘típica’ y un varón dejándose flanquear en la puerta del restaurante La Era.

Al final del recorrido expositivo encontramos una mesa y un taburete para escribir la postal que regalan con la entrada. Aunque hace tiempo que Instagram lo destronó, el ánimo caligráfico pervive. Siempre habrá gente que prefiera regalar letras de su puño, impregnadas en sus olores, imperfectas, susceptibles de ser extraviadas.

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