Por: admin De: 03/10/2016 En: Cueva de los Verdes

Comenzó a trabajar como vigilante de la Cueva de los Verdes, uno de los centros de cultura, arte y turismo más bellos de Lanzarote, cuando apenas era un niño. Su padre también trabajó allí en los últimos años de su vida laboral y él, ocupó su puesto, por así decirlo. Siempre le gustó su trabajo. Era tranquilo. Los turistas entraban, se sorprendían con el interior de la cueva, sacaban fotos y se marchaban, y él vigilaba que todo estuviera bien. Primero su puesto fue exterior. Posteriormente, pasó a vigilar el interior de la cueva. Su tarea era evitar que se produjera ningún tipo de vandalismo. Le encantaba estar dentro de esa caverna plena de belleza. Su iluminación, sus recovecos… conocía la cueva como la palma de su mano y se sentía como en su casa en su interior. Por eso, a nadie le extrañaba que fuera el primero en llegar al trabajo y prolongara sus jornadas voluntariamente hasta mucho después de la hora de salida.

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Lo que sí les resultó más extraño a los responsables de la gerencia del centro fue notar que ya no volvía a dormir a su casa. Al parecer, no salía de la cueva. El gerente le preguntó directamente, y él, sin darle importancia, comentó que había notado que ciertos vándalos intentaban entrar por las noches y él había decidido quedarse para evitarlo. Aunque la respuesta no le convenció al cien por cien, lo cierto es que aquel hombre no pedía más sueldo y lo único que estaba haciendo con su actitud era proteger uno de los lugares más relevantes de la isla. Le dejó hacer pues. El día a día se impuso, y pronto a nadie le pareció raro que el vigilante hubiera hecho de la cueva su casa. Cuando comenzaban las visitas al público, él ya estaba duchado, vestido y nadie hubiera dicho que allí había dormido y comido una persona. Sus propios compañeros le traían alimentos ya cocinados. Eso había sido un detalle del jefe que, puesto que estaba haciendo turnos extraordinarios a diario, consideró que debía ocuparse de esos “detalles”. El vigilante se convirtió en el alma de la Cueva de las Verdes por los días y por las noches. Pronto todo el mundo lo veía como algo normal y él se sentía feliz.

La cueva su casa

El problema real se  dejó entrever cuando una mañana la dirección del centro decidió hacer una simulacro de incendios y todo el personal debía abandonar sus dependencias y salir a la calle. Él no lo hizo. No es que desobedeciera con ninguna intención maliciosa. Es que no pudo. No fue capaz de poner un pie fuera de aquel recinto que se había convertido en su casa. Pero también en su refugio. En su cárcel por decisión propia. En su vientre materno protector. No era capaz de salir al exterior y enfrentarse al mundo. Al principio sus compañeros intentaron convencerle. No hubo manera. También sus jefes. Finalmente, cuando se dieron cuenta que allí había un problema de cierta gravedad, acudieron directamente al psicólogo de la empresa. “¿Por qué no quieres salir?”. “No es eso. No puedo.

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Bueno, no puedo y no quiero. No puedo volver al exterior. A la inseguridad. Al terror. Al caos… aquí todo está ordenado, es lógico, es conocido… en sencillo. No puedo volver a ser uno más. Ya no”. “Pero… ¿te das cuenta que se trata de un desorden psicológico? Te has provocado una suerte de agorofobia… ¿lo sabes?”. “Puede ser”, dijo él. “O tal vez no. Tal vez es mi genética. Mi abuelo decía que nosotros somos descendientes de Los Verdes, los propietarios de la cueva. Tal vez tan sólo sea una necesidad de volver a los orígenes, a lo que fue el hogar de los míos”. El psicólogo no supo que decirle, salvo que tendrían una sesión a diario allí mismo, al término de cada jornada. Y la vida tomó una nueva  dinámica. Cada día trabajaba, comía los alimentos que le traían sus compañeros, guardaba parte de ellos para los días de fiesta en que cerraba el centro, y veía al doctor con el que compartía confidencias, de su presente y pasado. No de su futuro porque el vigilante no creía tenerlo. Llegaron a hacerse amigos. De hecho, tanto el doctor como algunos de sus compañeros, y hasta su jefe, se aficionaron a reunirse con él los sábados, en la oficina de la entrada, para ver partidos de fútbol, beber cerveza y contar historias. Luego, cuando todos se iban, él recogía los restos, limpiaba y volvía al que consideraba su hogar.

Dentro de la cueva, tumbado boca arriba, contaba las piedras sobresalientes, las rajas, los agujeros, los recovecos… cada milímetro de superficie de aquella suerte de cielo elegido. Su cueva era su mundo y el mundo parecía haberlo aceptado así.

¿Realidad o ficción?

La historia del vigilante transcendió. Pronto no había un visitante que no conociera la extraña obsesión de aquel hombre por la cueva. Le pedían que fuera él el encargado de hacer el recorrido. Él se negaba. Sin embargo, las peticiones empezaron a llegar hasta la dirección por carta, por correo electrónico, a través de las redes sociales y hasta de manera personal. El mundo quería escuchar la historia de la cueva y sus misterios de la voz de su único morador. El heredero (como se había definido a si mismo) de la estirpe de Los Verdes. Verdad o mentira. Realidad o ficción. Locura o depresión, el vigilante que sólo había hecho eso a lo largo de sus años de vida, comenzó a ser también el guía de la cueva, el relator, el conductor, el historiador. El alma, ya lo habíamos dicho, pero también la mente activa del lugar.

Llegó un momento en que no se podía separar la visita de la cueva del vigilante. No se podía distinguir al vigilante de la cueva. Ambos eran uno solo. Una única realidad.

Pasaron los meses, los años, las décadas. Y allí, en su interior, sin haber vuelto a salir jamás al mundo, el vigilante falleció. Lo encontraron tumbado, mirando al techo, contando, suponían, estrellas hechas de roca. Soñando piedras. El vigilante murió y se unió, en su alma infinita, con Los Verdes que allí habían vivido siglos atrás. Eso decía la gente.

Con el paso del tiempo su historia se hizo leyenda y el nuevo guía la incorporó a su repertorio de historias. A su narración diaria. El nuevo vigilante volvió a salir a la hora convenida y nunca más nadie acudió un sábado a ver un partido a la cueva porque en la cueva ya no había nadie a quién visitar.

Sin embargo, dicen quienes han pasado por la zona por las noches que, si se agudiza el oído como si de un animal se tratara, si se escucha el silencio sin respirar apenas, se puede escuchar un murmullo de voz, la de un hombre mirando al cielo, contando estrellas… la de un hombre dentro de su propio hogar

4 Comentarios:

  • Por fin un artículo medianamente bien escrito en esta página! Vamos mejorando

    • Nos alegramos que te haya gustado, un saludo

  • Ahora además censuramos comentarios? Muy bien

    • Estimado Alfredo, no censuramos los comentarios, los moderamos para prevenir spam. Un saludo

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