Fire Mountains Lanzarote

“No lo recordaba así”, comentan. Un grupo de turistas que hace cola para subir a la guagua que les llevará a recorrer las Montañas del Fuego del Parque Nacional de Timanfaya, regresa a la isla después de muchos años. Si aquella visita había quedado marcada a fuego en su recuerdo, en esta ocasión, todos ellos acompañados de sus parejas y de sus hijos, la visita tiene un cariz más relevante.

Entre ellos, un hombre joven lleva de la mano a su pequeña hija y le va contando todo lo que ocurre a su paso tal y como él lo recuerda. “Esto es lo más cerca que estaré nunca de llevarte a la luna”, le dice sonriendo. La niña asiente. Sentada sobre sus rodillas sus ojos se van abriendo al mismo tiempo que avanza la guagua.
Alejados ya de la zona habitada, los turistas se adentran en el corazón del parque y pronto todo es un desierto volcánico infinito, cubierto, casi tres siglos más tarde, de aquellas cenizas como único vestigio de una de las erupciones volcánicas más impresionantes de Canarias.

El color ferruginoso de los volcanes aparentemente dormidos recrea el fuego que entonces asoló a la isla y a sus habitantes durante largos años. Ahora, mucho tiempo más tarde, los turistas contemplan los brotes espontáneos de líquenes y plantas. La vida abriéndose paso entre la nada.
“El cura de Yaiza”… la historia de siempre se resuena de fondo y la música de Ildefonso Aguilar ayuda a que el impacto sea aún mayor.
No es demasiado atrevido afirmar que las Montañas del Fuego son una de las visitas más bellas a la hora de descubrir Lanzarote. El padre lo sabe y contempla a su hija redescubriendo todo lo que él admiró en su día. Sonríe al ver, tal y como esperaba, su reacción ante la aulaga ardiendo en las mismas entrañas del volcán. “¿Cómo es posible papá? Se ha quemado sin que haya fuego”.

Montañas del Fuego

Pero lo hay, y así lo atestigua la grava ardiendo que el guía pone en su pequeña mano. Está caliente porque la tierra siempre continuó ardiendo por dentro. Nunca llegó a apagarse.

Una isla más viva que nunca

Sus risas aumentan cuando es regada por el agua introducida en el interior del volcán, provocando un pequeño geiser. Un ligero enfado que riega a los turistas, haciendo las delicias de sus acompañantes más previsores. La isla sigue viva, a pesar de parecer seca y agostada, sigue estando activa después de siglos de aparente relajación.

 

También se asombra, y se agarra a él con más fuerza, al descubrir la particular cocina del centro turístico. Sus ojos se hacen enormes al ver como los pollos se doran a la brasa del volcán. “Quiero pollo, papá, quiero comer pollo”.

 

Diablo Restaurant
El turista asiente y recuerda que cuando vino la primera vez con sus padres el menú era tradicional e invariable, pollo asado, papas arrugadas, queso de la tierra. En aquel momento los turistas, casi todos ingleses y alemanes, devoraban con fruición el clásico manjar. En la actualidad, la diversidad de los orígenes es infinita, y el restaurante muestra multitud de propuestas de una cocina cada vez más evolucionada.

Los tradicionales pollos asados, que se siguen pidiendo con la misma profusión que antaño, se combinan con atractivas tostas de todo tipo, tapas y cazuelas de aspecto exquisito con la que los restauradores se meten en los bolsillos a los diferentes comensales y compiten en igualdad de condiciones con cualquier restaurante local. Con mejores vistas, claro está.

Mientras su hija devora su pollo asado con sabor a tierra, a sal, a fuego y a mar, él degusta la propuesta que le hace su camarero, mucho más profesional que aquel que le atendió cuando sólo era un niño. Le recomienda un vino, un entrante, un postre…
Todo ha cambiado, piensa el turista, pero la belleza del lugar permanece igual.

Desde la ventana, los volcanes se recortan con el mar al fondo. Piensa que ojalá pueda regresar dentro de unos años con los hijos de su hija. Qué ojalá tenga tiempo de enseñarles a ellos también la luna. De contarles que para conocerla sólo hace falta viajar a Lanzarote.