06May
Un domingo con mamá en el Monumento al Campesino
Por: Mar Arias De: 06/05/2017 En: #CACTLanzarote, Lanzarote, Monumento al Campesino Comentarios: 0

Un domingo con mamá en el Monumento al Campesino

Se le venían a la cabeza, sentado en aquel restaurante, escuchando de fondo los acordes típicos de la tierra canaria, numerosas imágenes remotas. Recordaba el aroma de su pelo, el sonido de su voz… podía sentir sus manos ásperas, rudas, curtidas de trabajar de sol a sol, revolviéndole el cabello. “¿Cómo está hoy el pequeño hombre de la casa? ¿Has estudiado mucho?”. 

 Recordaba su sonrisa sincera, sin dobleces. Él era solo un niño. Ella siempre estaba en el campo, trabajando de sol a sol. Con la espalda doblada y las manos en la tierra. 

Siempre trabajando, pero no siempre con buenos resultados. El campo es así y el trabajo del campesino es ese. Una labor dura, desagradecida, en ocasiones estéril, pero necesaria. 

A pesar de todo, la tierra de la isla de Lanzarote era buena, agradecida… eso decía su padre. El cielo, el cielo no tanto. Ellos siempre estaban mirando al cielo, sacando a los santos para ver llegar la lluvia, rogando porque el frío no llegara antes, ni después, suplicando que no hubiera calima. 

La madre Campesina se ocupaba de todo

Su madre se ocupaba de todo. Su padre prefería las parras. A ella le daba igual… cebollas, papas, tomates, batatas, lentejas, pimientos… a todos los cuidaba por igual. Los mimaba. Se pasaba los días pendiente de cómo agarraban sus raíces, de cómo crecían… pendiente de ellos hasta recoger los frutos. 

Él, a veces, sentía celos de aquellos frutos de la tierra. Aunque era consciente de que su destino iba a ser una cazuela o su venta en el mercado, pero ellos le quitaban el poco tiempo que tenía con su madre. Sabía, pese a todo, que ella trabajaba por él, para él para  sus hermanos, para  la familia. “Soy campesina, chinijo mío… ¿Qué voy a hacer? Este es mi trabajo”. Y sonreía, con la cara cada vez más estropeada, el pelo más gris, el cuerpo más delgado y con más años sobre los hombros. 

Y eso que ella nunca salió al campo sin su sombrera. Jamás. Ni sin llevar su pañuelo… Su madre, que hacía tanto que los había dejado, volvía ahora a su memoria, igual que entonces, bella, fuerte, incombustible. Grande en su pequeñez. Sus besos, sus abrazos, sus consejos, su caricias…

 

Día de la madre en Monumento al campesino

Javier Sánez

Había decidido sentarse allí a tomar un café y lo había hecho porque aquel lugar le recordaba a ella. Desde aquel rincón del restaurante del Monumento al Campesino de Cesar Manrique sentía que le rendía homenaje a ella. A su madre. Y lo hacia el primer domingo de mayo, el Día de todas las madres. 

Recordaba, entre ensoñaciones, en ese estado onírico que es el recuerdo, tal vez provocado por el calor incipiente de mayo, el aroma de su pelo, el tacto de su piel, el sonido de su voz…su risa…

Mientras la música seguía sonando, los bailarines danzaban, el vino corría, la rica comida canaria poblaba las mesas y el murmullo y las risas de todos aquellos que se habían reunido allí a celebrar ese día, con sus madres y mujeres, iba creciendo cada vez mas.

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