l Museo Atlántico Lanzarote
Por: Mar Arias De: 02/07/2017 En: Editorial

Se había fijado en él desde el día en que llegó. Era tan apuesto. Aunque se veía que lo tenía que haber pasado mal en la vida. Allí, sentado en su pequeña barca de madera, con cara de preocupación, pero con unos rasgos atractivos y un cuerpo fibroso… ¿cómo no se iba a haber fijado en él?

Allí no pasaba desapercibido, a fin de cuentas, hasta que llegaron los últimos inquilinos, el resto de las caras eran las mismas. Se conocía a todo el mundo. Ella llevaba allí un tiempo ya, luciendo su melena y su sonrisa dulce. Ella sabía que era guapa, no era falsa modestia. Lo era. Hubiera jurado que él la miraba de reojo. Pero no podría decirlo con seguridad.

Tampoco se quería hacer muchas ilusiones. En cualquier caso, tenía todo el tiempo del mundo por delante. Allí daba la impresión de que no pasaban las horas. Todo era lento, reposado y tranquilo. En su otra vida, había sido una mujer activa, llena de vida y siempre sonriente.

Ella sí había nacido en Lanzarote. Pero él, él se veía que había llegado a Lanzarote en alguna de aquellas pateras pequeñas y lejanas. Esas embarcaciones que llegaban a la costa destrozadas y llevando consigo un terrible drama humano. Estaba claro que era una víctima de la situación catastrófica de ciertas partes del mundo en aquel siglo XXI. Cuando lo pensaba sentía angustia y una inevitable pena.

Ahora ninguno de los dos pasaba apuros. No sentían tristeza, ni hambre, ni necesidades. No sabía qué habría pasado con sus otros ‘Yos’, los auténticos, o eso pensarían ellos. Ella lo veía de otra manera. Se sentía muy auténtica. Su otro yo, del que conservaba recuerdos y vivencias, le había dado una segunda oportunidad de existir, si bien, no en tierra, sino bajo el agua. Ella había sido su molde, su segunda oportunidad.

Romance en el Museo Atlántico

Lo supo desde que la fijaron en la superficie marina. Allí, rodeada de peces, algas y corales, la vida tenía otra dimensión. Las cosas importantes eran otras. Podía pensar, reflexionar e intentar trasmitir parte de lo realmente importante a quienes bajaban hasta allí para poder bucear entre ellos. Se quedaban anonadados mirando los claros símbolos de la inmigración, el capitalismo, la corrupción y la importancia de proteger el medio ambiente. Subían a la superficie maravillados y deseosos de cambiar las cosas.

Se sentía feliz, y desde que él había llegado al Museo Atlántico, más. Mucho más. Le parecía que, en ese mismo instante, él la estaba mirando y le sonreía. ¡Ay, qué difícil es saber que se piensa cuando se es una escultura! Sí, la miraba, y ella le devolvió la sonrisa…

Quiero conocer el Museo Atlántico

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